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Rudyard Kipling, lenguaje y personalidad

Ignacio Peyró, Marta Gámez y Antonio Díaz Maldonado en la Librería Luces de Málaga. 5 de octubre de 2018

Probablemente todos conozcamos al Rudyard Kipling poeta y escritor, o al menos nos suene aunque sea por obras tan conocidas como El libro de la selva o El hombre que pudo reinar. No cabe duda de que el legado literario de Kipling es amplio y relevante hasta el punto de haber recibido aún en vida un reconocimiento tan importante como un Premio Nobel y a una edad tan temprana como los 42 años. Pero creo que el Kipling orador se nos escapa un poco más, y es precisamente en esa faceta en la que se centra este libro, Discursos.

Yo, como traductora, me voy a centrar en el lenguaje y lo primero y más obvio que tengo que decir es que es cierto que no termino de ver al mismo Kipling cuando leo sus relatos y cuando leo sus discursos —algo que al final es totalmente normal por las claras diferencias que hay entre un lenguaje escrito y uno oral, y entre la ficción y la no ficción—. Vemos a un Kipling más cercano en sus discursos, más «íntimo y confesional» como lo describe Ignacio Peyró. Pero también es cierto que, volviendo a utilizar las palabras de Ignacio en el prólogo de Discursos, «el Kipling cuentacuentos no deja de asomarse, en cuanto puede, junto al Kipling orador». Yo diría que tanto en la elección y el uso de determinados temas, como en un cierto estilo propio a la hora de usar el lenguaje.

En realidad, os cuento algo anecdótico, yo me di cuenta más claramente de esto hace unos meses, cuando ya después de haber terminado la traducción de este libro e incluso estando ya publicado volví a leer y a ver la película de El libro de la selva (una versión ligeramente más fiel al libro que la de Disney). Consciente o inconscientemente, esta vez presté mucha más atención a todo lo que se decía que cuando veía la película siendo una niña o simplemente antes de haberme acercado tanto a Kipling, y en todas las referencias que se hacían a la manada, al papel de sus miembros, al pueblo,… no podía dejar de ver una parte importante del Kipling al que había estado traduciendo hacía pocos meses.

Aunque él mismo en el discurso titulado «Una isla indefensa» se declara «culpable de interesarse por la realidad fuera de sus horas de oficina como escritor», al leer determinados discursos casi me da la sensación de que ese Kipling cuentacuentos no deja de asomarse al orador porque en cierto modo no puede evitarlo. Y es que en sus discursos se sirve muy a menudo de historias (utilizando la ficción en mayor o menor medida) para llegar a una conclusión o a una doctrina final. Utiliza temas recurrentes como la caza, la guerra, el concepto de la tribu o el pueblo (como mencionaba antes) y, digamos que en general, tiende a remontarse al principio de los tiempos para relatar cómo el hombre aprendió o descubrió tal cosa y cómo empezó a enseñárselo al resto de los hombres. Si analizamos los discursos en los que se sirve de este recurso, digamos, suelen ser los que van dirigidos a grupos de jóvenes que o bien se preparan para enfrentarse al mundo laboral, o bien tienen aún poca experiencia. Es decir, son discursos que tienen más claramente un fin pedagógico.

Al contrario de lo que podría hacernos pensar el hecho de que Kipling utilice tantas historias y metáforas en su discurso, podríamos decir que el suyo es un lenguaje claro y directo. Decía al principio que desconocemos mucho más al Kipling orador, y me lo demuestra el hecho de que no resulta demasiado fácil encontrar información sobre esta faceta ni sobre los actos en los que pronunciaba sus discursos. Pero si buscamos información sobre su obra narrativa en general, en muchas ocasiones veremos cómo coincide la descripción de su lenguaje como un lenguaje «directo y vigoroso», incluso «pasional» he llegado a leer. Es cierto que puede convertir un discurso que podría durar cinco minutos en uno de media hora por incluir, como digo, una historia sobre el primer hombre que aprendió a navegar, cómo construyó su bote, cómo luchó contra su creencia de que el dios del sol lo abrasaría o el dios de la marea se lo tragaría, cómo inculcó todo lo que aprendió a su hijo y un largo etcétera, pero su historia tiene un fin y un aprendizaje claros (y, de todas formas, por si no está claro, él se suele encargar de aclararlo). No se conforma, además, con contar la historia de pasada. Se encarga de darnos los detalles de cómo ese hombre encontró el tronco perfecto para construir una embarcación que flotara, cómo con la ayuda de su mujer colocó pieles de animales que harían que el viento lo impulsara. Quiere que lo veamos remar hasta lo que él creía que era el fin del mundo y que captemos sus sensaciones con cada nuevo descubrimiento, y casi diría que lo consigue.

Por otro lado, podemos decir que ese lenguaje tan directo pudiera ser casi un reflejo de lo firmes que son sus ideas en según qué asuntos, porque no lo veremos andarse con rodeos por ejemplo a la hora de demostrar su odio por Alemania o sus creencias sobre los valores que tiene que seguir un joven o las lecturas que tiene que asimilar para convertirse en un hombre. Ya en el primer discurso recogido aquí da alguna pista de esa rigurosidad, si podemos llamarla así (que, al final muchas veces parece ser una mezcla de su propia naturaleza y de lo que él cree que el mundo impone), cuando habla precisamente de la importancia de usar las palabras correctas en según qué casos y, además, de que la palabra termina siendo más importante que los actos y que quien los realiza. Él dice que: «Todo parece indicar que el hombre de las palabras debe servir al hombre de los logros e intentar narrar con él, paso a paso, la historia a la tribu. Todo parece indicar que la magia de cada palabra debe exprimirse al máximo con todos los significados, bonitos u horribles, que la mente del hombre pueda sugerir. No hay lugar —y el mundo insiste en que no debe haberlo— para la piedad, la misericordia, el respeto, el miedo, o incluso la lealtad entre el hombre y su prójimo cuando el registro de la tribu se escribe».

Hablando ya por último más propiamente del proceso de traducción de esta recopilación de discursos, todo lo que he venido mencionando, que no será ni la mitad de todo lo que encierra este libro y mucho menos el lenguaje de Kipling, hay que tenerlo en cuenta a la hora de plasmarlo en la lengua a la que traducimos. Además, en un libro como este, cuyos textos datan de entre 1906 y 1935, se hace complicado a la vez respetar el estilo del autor (uno tan propio además) y encontrar el equilibrio entre usar un lenguaje que nos transporte a esa época, que podamos ver a Kipling de verdad dando ese discurso en el Club Canadiense o en el Colegio Real de Cirujanos, y un lenguaje que no esté desfasado y que no convierta la lectura en una pesadilla por su complejidad. Al final, la traducción literaria es algo tan subjetivo como lo es el lenguaje, y es probable que uno nunca sepa si ha llegado a conseguir el equilibrio perfecto o que ni siquiera este exista. Todo esto último, sin querer quitarle protagonismo a Kipling ni a sus discursos, no es por mostrar la complejidad o no de traducir este libro, sino es más bien un guiño a la traducción literaria de forma global.

Sin duda la traducción de un autor como Kipling, además de unos textos como son sus discursos, que no están dentro del Kipling al que estamos acostumbrados y que no dejan de estar compuestos por unas palabras mucho más personales, por así decirlo, es una de esas tareas que dan tantos quebraderos de cabeza como satisfacciones.

 

Marta Gámez Márquez
05/10/2018